Adolescencia: cuando la pantalla se convierte en espejo

Hay series que entretienen, y hay otras que te sacuden. Adolescencia es de las que te dejan sin aliento, no por lo que muestra, sino por lo que te obliga a mirar. No hay adornos ni moralejas con moño: aquí se habla de lo que muchas veces preferimos ignorar, incluso cuando ya lo tenemos delante.

En apenas cuatro episodios, la serie recoge, con una precisión casi quirúrgica, los temores más profundos de quienes criamos: ese vértigo de ver a un hijo alejarse, el desajuste generacional a la hora de hablar de emociones o de entender los roles sociales, la negligencia involuntaria que arrastra el día a día... y el miedo último: descubrir que esa persona a la que criaste se ha vuelto irreconocible. Como si un día despertaras y el niño de siempre fuera, de pronto, un extraño.

Y al otro lado de esa grieta: la adolescencia en carne viva. Cyberacoso, revenge porn, masculinidades rotas, incelismo, la lógica despiadada de los likes... todo lo que habita en la sombra del mundo digital, donde nuestros hijos navegan solos demasiadas veces. Y en medio, una pareja de padres que intenta sobrevivir al naufragio emocional que supone preguntarse: ¿Cómo se reconcilia el amor con el horror? ¿Cómo aceptas que "nosotros lo criamos" y a la vez que "nuestro hijo es un monstruo"?

Lo que hace que Adolescencia sea una experiencia tan potente no es solo su tema, sino su forma: cada episodio está rodado en un único plano secuencia. Sin cortes. Sin respiros. Como la vida misma cuando algo irrumpe y lo descoloca todo. La detención, la escena en la escuela, la sesión con la terapeuta, el reencuentro un año después de la tragedia... todo ocurre ante nuestros ojos sin interrupción, atrapándonos en un presente continuo que no da tregua.

Pero no hay golpes bajos. No hay escenas gráficas ni sensacionalismo. En lugar de eso, vemos las reacciones: la desesperación en el rostro del padre mientras registran a su hijo, el miedo de la psicóloga cuando el adolescente estalla... Y eso es lo que hace que se te cierre la garganta. Porque no hace falta mostrar lo terrible para que duela: basta con dejar que lo sintamos.

Adolescencia no da respuestas, pero plantea todas las preguntas necesarias. Es una obra que podría servir de manual para entender (o al menos intentarlo) a las generaciones que vienen. Sin condescendencia, sin juzgar, sin simplificar. Habla de lo que duele, sin anestesia. Y lo hace con una factura impecable, unas actuaciones brutales y una sensibilidad poco común.

Es imposible ver esta serie y no pensar: ¿Y si fuera mi hijo?
Ahí está la fuerza. Ahí, el vértigo. Pero también ahí, la oportunidad de mirar de frente lo que tanto cuesta nombrar.

Adolescencia no da respuestas, pero plantea todas las preguntas necesarias. Es una obra que podría servir de manual para entender (o al menos intentarlo) a las generaciones que vienen.

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